Algo quería decir aquí pero ya se me olvidó qué era. Era algo sobre cosas que no se nombran por eso se me olvida siempre. Porque no le puedo poner nombre.
A qué? A eso mismo de lo que estamos hablando. No me diga que no entiende. No se queje, ud. solito está leyendo esto, yo no obligo a nadie.
Vuelvo a mi punto. Que no está en ningún punto porque no se queda quieto en ninguna parte. Yo miro y pienso y leo y leo yleo cosas en ojos, en tantos ojos y no sé qué son esas cosas que dicen. Es como un lenguaje aparte. Pero, a veces, a veces entiendo algo, como si fuera mi idioma natal. Pero a penas entiendo algo, me asusto.
Porque siempre prefiero no entender, no saber. Entonces, tomo decisiones. Nada. Te quedas quieta y te recojes un poco, verdad borrego? Verdad. Eso mismo. Porque no quiero saber. Ni ver. Ni oír.
Pero no importa. Porque sin descifrar nada, las cosas calzan. Como si supiera exactamente como armar cada rompecabezas. En ese mismo momento, tomo todas las piezas y las lanzo, las lanzo en varias direcciones varias veces, dejo que se pierdan y se enreden. Siempre dejo que se pierdan. Y antes de partir en su búsqueda, ya me han encontrado.
No podría ser de otra manera. Si lo fuera sabría cómo es que se llama ese algo que no quiere llamarse a sí mismo. Es un poco porfiado y huidizo, pero lo alcanzo siempre. Porque está ahí al lado mío, me sonríe quieto. Quieto y con la mirada como cuencos vacíos. No me deshago de él porque es una de esas cosas que no se nombran, y lo que no tiene nombre no se puede ir. Se queda conmigo, tomando café a veces, viendo como se nos pasa todo el tiempo del mundo haciendo nada más que en estar quietos.
Lo que no entendemos es ese silencio bullicioso, que no se calla y que martilla dentro de la cabeza, de mi cabeza. Mi algo no nombrado, nunca nombrado, se retuerce un poco, incómodo con el silencio que habla tan alto y que va por ahí vociferando cosas. Nada que no sepa, nada que no entienda, pero nada que quiera tampoco. Buscamos un lugar en que el silencio no se oiga tan fuerte, y nos hundimos dentro de nuestras pupilas llenas de aire. Una vez acomodados, ahí nos quedamos, siempre quietos y mirando nuestro tiempo.
Ese es mi punto del día.








