Desde hace más de tres mil años, grandes sabios y guías espirituales han valorado el silencio como vía para el encuentro con uno mismo, como forma de desprendimiento de las ataduras materiales.
Pero al igual que aquellos que dicen que el dinero no trae la felicidad, y que han de decirlo por tener demasiado, quienes hacen del silencio un culto, pueden aplicarse a ello porque están atiborrados de sonidos y palabras que han hecho parte de sus pertenencias. Pues no conocen el miedo, porque nada podría amenazarles. Así que no saben del terror que produce la posibilidad de atisbar el peligro y sentirlo a pocos pasos, verlo avanzar intimidando con una sonrisa cruda y una perturbadora mano estirada hasta casi rozar la piel de quien no puede gritar. Alguien que aunque pudiera, nunca sería escuchado.
El silencio es un suceso valioso sólo cuando ya se ha domesticado la palabra, y esta es parte del dominio de alguien. De lo que se ha hecho un dominio a la fuerza, probablemente. Sino, es la aberración que no deja huir del ruido.
Y es entre ese silencio aterrador y las palabras, que quedan atascados murmullos y vagos rumores que no han de decir absolutamente nada.
“Porque tanto silencio ha terminado por agrietarme los labios”

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